La pista de baile como espacio de libertad
Por Lola Almada — Cronista nocturna. Lesbiana, porteña y de madrugada: si hay una fiesta en Buenos Aires, ya estuvo.
Bailar en una fiesta lésbica no es lo mismo que bailar en cualquier otro lugar, y quien ya lo vivió lo sabe apenas entra a la pista. No es solo la música: es lo que ese espacio permite que no siempre está disponible afuera.
Bailar sin editar el cuerpo
En muchos espacios de la vida cotidiana, una gestiona —a veces sin darse cuenta— cuánto se acerca, cómo se mueve, con quién baila cerca. En una pista lésbica esa edición baja muchísimo. Podés bailar pegada a tu pareja, con una amiga, sola en el medio de todo el mundo, sin calcular cómo se ve.
Un lugar donde mirar y ser mirada no pesa igual
Cruzar una mirada con alguien en la pista, sonreír, acercarse a hablar: en un espacio pensado para la comunidad, esos gestos no cargan la misma ansiedad que en un boliche genérico. Eso también es parte de la libertad que se siente ahí adentro.
El cuerpo colectivo
Hay un fenómeno particular en las pistas llenas de una fiesta lésbica: cuando suena el tema justo, se genera algo parecido a un cuerpo colectivo — todas cantando lo mismo, saltando al mismo tiempo, sosteniéndose mutuamente sin conocerse. Es difícil de explicar hasta que lo vivís.
Por qué importa tanto tener este espacio
No es un detalle menor que existan fiestas armadas específicamente para esto. Fiesta Femme y espacios similares existen justamente para sostener ese lugar de libertad de forma sostenida en el tiempo, mes a mes, y no como una excepción rara dentro del calendario.
La próxima vez que estés en la pista, prestale atención a esa sensación. Vale la pena notarla, no solo vivirla de pasada.