Las primeras agrupaciones lésbicas en Argentina
Por Lola Almada — Cronista nocturna. Lesbiana, porteña y de madrugada: si hay una fiesta en Buenos Aires, ya estuvo.
Con la vuelta de la democracia en 1983, después de años de represión y clandestinidad, empezaron a aparecer en Argentina los primeros espacios de organización explícitamente lésbica. Antes de eso, encontrarse con otras lesbianas dependía casi por completo de redes informales y del boca en boca.
Doble invisibilización
Dentro del movimiento LGBTIQ+ más amplio, las lesbianas muchas veces quedaban en un segundo plano frente a la agenda gay masculina, y dentro del movimiento feminista, la lesbianidad tampoco siempre encontraba un lugar central. Por eso, armar grupos propios fue una necesidad concreta: un espacio que no dependiera de que otros movimientos las incluyeran.
Encontrarse para no estar solas
Estos primeros grupos funcionaban muchas veces como punto de encuentro más que como organizaciones formales: reuniones, boletines caseros, redes de contención para mujeres que estaban saliendo del closet en un contexto todavía muy hostil. Para muchas, fue el primer lugar donde pudieron decir en voz alta quiénes eran.
De ahí a la calle
Con los años, esas redes fueron el germen de una militancia más visible: presencia en las primeras marchas del orgullo, participación en encuentros feministas, y la construcción progresiva de una agenda lésbica propia dentro del movimiento amplio.
Una genealogía que sigue
Cada espacio lésbico que existe hoy en Argentina —desde una agrupación militante hasta una fiesta mensual— es heredero de esa necesidad original de encontrarse. La forma cambió, pero la función de base sigue siendo la misma: que ninguna lesbiana esté sola.